
Cuando por fin la correspondiente dosis de paracetamol de la noche empezó a hacer efecto, logré conciliar el sueño. Llevaba dos horas intentado buscar Calma mientras jugaba con pequeñas pinceladas de claridad que se colaban por los huecos de mi persiana mal bajada. La calle caminaba despacio y la gente conducía con el motor apagado. En mi habitación mi yo agripada, mi yo soñadora y mi yo inquieta luchaban por ganarle la batalla al sueño. Era previsible la partida.
Cuando ya el sueño era los suficientemente profundo como para que ni los mimos más mimosos del mundo me despertasen, algo sonaba en algún sitio al que no acerté a ponerle nombre a la primera, ni tampoco a la cuarta. Una mezcla entre ron barato y frío golpeaba las cuerdas de una guitarra a la que mis sentidos todavía no estaban muy acostumbrados. Mis ojos se abrieron y se encontraron conmigo misma en un sitio que no era mi cama bonita, presidida por su caro cabezal y resguardada por su calor de moderna calefacción. Allí no había nada de eso. Sin embargo, todo lo demás ya había pasado a formar parte de mi misma y así, había logrado construir mi nuevo hogar. Hogar que con todo su frío, con la pintura de sus paredes que se cae trozos y con sus puertas rotas, me había acogido como ningún otro; exactamente como yo había querido que lo hiciese.
La música venía de la calle, muy próxima a mi ventana. Era una melodía envolvente, casi sorda que en cualquier otro momento de mi vida habría pasado desapercibida ante mis cinco sentidos. Eran unas 9 (9 es mi número favorito) voces masculinas que por momentos se disfrazaban de voces bien afinadas. Musicaban algo en ese idioma que ya es mi idioma. Canciones con un cierto aire romántico, incluso melancólico. De sus bocas se dejó oír un “sozinho” (“sozinho” es mi vocablo favorito) y a pesar de haberme robado el sueño y la Calma por un instante, no pude hacer otra cosa que cerrar nuevamente los ojos y dejarme llevar. Yo conmigo misma, con la tuna de fondo, con mis cinco sentidos bien agudizados, en mi habitación sin calefacción… me dejé llevar. Metí la cabeza debajo de la manta, me aseguré de que aquella guitarra rota seguía sonando muy dentro de mi y sonreí. Con fiebre, sueño y algo de frío sonreí. Sonreí hasta que nuevamente, me dormí.
--BCÁ--

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